El consuelo que viene de Dios

EL TRIUNFO DE LA CRUZ

Jesús se ha revelado como rey en este mundo mediante la cruz. Su reino es uno de “justicia, amor y paz”, y muchas veces se contrapone con la lógica mundana, que conduce a la soberbia, la competición y la manipulación. Allí, en el fracaso del pecado y de las ambiciones humanas, está el triunfo de la cruz y la gratuidad del amor. En la cruz, se ve el amor. Y este amor es gratuito.

En la cruz, Jesús da su vida por el mundo, por nosotros, por cada uno, para salvarnos de nuestros pecados, de aquello que nos deja sumidos en la angustia y la desesperación. Así nos salva del profundo desconsuelo. La majestad de Jesús rey no nos oprime sino que nos libera de nuestras debilidades y miserias, animándonos a recorrer los caminos del bien, de la reconciliación y del perdón. Y así, con el corazón consolado y lleno de amor, nos lanza a anunciar este mensaje esperanzador a todo el mundo.

SER TESTIGOS DEL AMOR

Hoy se necesitan personas que sean testigos de la misericordia y de la ternura del Señor. Se necesita gente que sacuda a los resignados, reanime a los desalentados, encienda el fuego de la esperanza. Muchas situaciones requieren nuestro testimonio consolador, que es canal de su amor y de la alegría que trae. Aquellos que son esclavos del dinero, del poder, del éxito, de la mundanidad tienen consuelos falsos. El verdadero consuelo viene del Señor. Es Él quien enciende el fuego de la esperanza, no nosotros. Todos estamos llamados a consolar a nuestros hermanos, testimoniando que sólo Dios puede eliminar las causas de los dramas existenciales y espirituales.

EN LA CRUZ, JESÚS DA SU VIDA POR EL MUNDO, POR NOSOTROS, POR CADA UNO, PARA SALVARNOS.

SER CONSOLADOS PARA CONSOLAR

No podemos ser mensajeros de la consolación de Dios si primero no experimentamos la alegría de ser consolados y amados por Él. Este amor inacabable que se derrama a través de la cruz debe alcanzarnos primero. Esto ocurre cuando escuchamos su Palabra, cuando permanecemos en la oración silenciosa en su presencia, cuando nos encontramos con Él en la Eucaristía o en el sacramento del perdón, cuando lo reconocemos rey de nuestras vidas.

Muchas veces nos da miedo ser consolados; nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Por qué? Porque en la tristeza somos protagonistas. En cambio, en la consolación, el Espíritu Santo es el protagonista. Es Él quien nos consuela y nos da la valentía de salir de nosotros mismos, y es Él quien nos lleva a la fuente de toda verdadera consolación, es decir, al Padre. Y esto es la conversión.

Francisco*

N. de la R.: Extractos de homilías del 8/12/2014 y 22/11/2015.

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 201 (MAR-ABR 2016)

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