El “limpiaparabrisas” de mi interior

Así como no podemos transitar con los vidrios de nuestro vehículo empapados por la lluvia, no podemos avanzar hacia la santidad si no superamos las dificultades que nos ponen la tentación y nuestra propia naturaleza.

En un tiempo de gracia, de estar ansioso por hacer la voluntad de Dios en mi vida, de sentirme lanzado a buscar la santidad y de reconocer que solo Él puede hacerme santo, también apareció la tentación y el pecado para “hacer su trabajo” e impedir que yo avance en mi camino. Una noche, regresando a mi casa desde la facultad en el colectivo, Jesús me mostró la simpleza con la que puede “limpiar el camino de mi corazón”.

Ni bien me subí al colectivo, empezó a lloviznar. Era una garúa muy fina, pero al caer las primeras gotas rápidamente el chofer encendió el limpiaparabrisas. El efecto no fue el esperado, al menos por mí. El agua que había caído apenas había humedecido el vidrio y la tierra que tenía encima y el apresurado intento de limpieza del chofer lo único que consiguió fue embarrar el parabrisas y reducir aún más la visibilidad.

Cuando la lluvia caída había sido suficiente para arrasar con el barro e instalarse como una cortina de agua que impedía verdaderamente la visión, el chofer volvió a activar el limpiaparabrisas, pero esta vez en máxima potencia. Las gotas seguían cayendo y el vidrio seguía mojándose, pero ya se podía mirar para adelante con claridad y avanzar sin riesgos. 

Esta escena cotidiana me sirvió para redescubrir el misterio inagotable de Dios. Podía percibir a la llovizna cayendo sobre el vidrio como la tentación obrando sobre el corazón que anhela estar limpio, en consolación con Dios y cercano al Padre. Así, constante, decidida, pero casi imperceptible, comienza a enturbiar la mirada, empieza a dificultar el camino. 

La fuerza de su Amor es como el limpiaparabrisas que se enciende y me devuelve la visión de mi camino.

Ante los primeros actos de pecado que parecen comenzar a alejarme del amor de Dios, se manifiesta mi naturaleza culpable y autoexigente. “Todo está mal, así no puedo seguir”, me digo a mí mismo. A veces descubro que, ante situaciones que me enredan el corazón, me surgen preguntas y cuestionamientos interiores; es mejor esperar, calmarme, orar, y… seguir esperando. Quizá mi naturaleza, que tiende al pecado, pueda encontrar pronto y con calma el querer de Dios para ese momento. Pero la culpa, la desesperación por sentirme acechado y descubrirme frágil ante la tentación, ensombrecen mi interior y dificultan el camino. Me encuentro en medio de la llovizna (la tentación), la tierra (mi naturaleza humana), la prisa (la desesperación), el barro (la autoexigencia) y, para colmo, una copiosa lluvia (el pecado que me enceguece). Y pienso: “Ahora sí, Dios: te necesito más que nunca”. Y a veces tarda en llegar, porque los tiempos de Dios no siempre son los mismos que los míos.

La fuerza de su Amor es como el limpiaparabrisas que se enciende y me devuelve la visión de mi camino. La reconciliación eterna no se detiene, aun cuando el poder del mal sigue actuando, como una insistente lluvia. Porque donde abunda la lluvia (la tentación y el pecado), sobreabunda el poder del “limpiaparabrisas” (la gracia de Dios). 

Tengo la certeza de que mi vida no es como un colectivo moderno, que enciende el limpiaparabrisas de manera automática cuando empieza a llover. Más bien es como un colectivo un poco viejo que, cuando llueve, necesita que alguien active la palanca para que las escobillas se muevan y limpien el vidrio. Probablemente, si espero, en algún momento el agua dejará de caer y recuperaré la visibilidad. La decisión de acercarme al sacramento de la Reconciliación es la palanca que activa la gracia, que busca el perdón, y que me devuelve al abrazo del Padre que celebra conmigo el reencuentro del Amor.

Gracias, Señor, por mostrarte en lo sencillo, por amarme tanto a pesar de mi barro, de mi autoexigencia y de mi pecado, y por hacer eficaz tu perdón y tu Amor en la vida sacramental. 

Santiago Orozco
Parroquia Santísima Trinidad 
Prov. de Córdoba

Publicado en Cristo Vive ¡Aleluia! Nº190 (NOV-DIC-2013)

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