Una escuela de gracia

La Escuela de Lectio Divina es una propuesta que ofrece el Movimiento de la Palabra de Dios para quienes no participan de los grupos pero desean realizar una experiencia comunitaria con el carisma de la Obra. Este espacio es de bendición en múltiples aspectos de la vida, como cuenta esta hermana que hizo la experiencia.

Como experiencia personal, al hacer la escuela tuve un desarrollo profundo en el nivel espiritual y también cambié en mis relaciones con los demás. 

Hasta ahora me costaba participar en actividades grupales. Había participado de grupos parroquiales y asociaciones pero, incluso en mi propia familia, prefería hacer las cosas por mi cuenta, ya que había un impedimento interno que no podía distinguir, ponerlo en palabras, que me frenaba a la hora de compartir momentos con los otros. 

La escuela me ayudó a ver de qué se trataba esto: me costaba aceptar completamente al otro con todo su ser. Al orar con los demás, comencé a tener un sentimiento de ternura y de afecto muy nuevo, fruto de compartir la oración con personas que no conocía demasiado. Oramos en voz alta agradeciendo y ofreciendo nuestro corazón a Dios. Cuando los hermanos se sumaban a lo que yo le pedía al Señor diciendo “amén”, “te lo pedimos Señor” o “te damos gracias”, hacían algo así como un eco de mis peticiones; yo podía recrearlas una y otra vez en la semana. Por primera vez experimenté este apoyo emocional al compartir la Palabra de Dios. Sin embargo, por mi parte, no me había sumado de este modo a sus oraciones, a escuchar verdaderamente la necesidad de orar que tenían, pero luego empecé a “sentir con ellos”. 

La experiencia en la Escuela me llevó a experimentar lo que es un grupo: es salir permanentemente de la “comodidad de lo conocido” para “entrar en lo desconocido”, compartir la vida, aceptar y valorar al otro.

Me di cuenta durante la semana de que algo dentro de mí estaba cambiando y me daba paz. Sin embargo, los defectos de carácter de los demás me inhibían mucho y seguía sintiendo un poco de aversión a formar parte del grupo. 

Escuché cada una de las charlas introductorias en las que nos hablaron de la oración comunitaria, la fraternidad y la confianza en que el Espíritu Santo está en medio de nosotros y se encarga de limar las “asperezas” que se presentan.

Fui viendo el cambio en todos: éramos menos individualistas y teníamos más conciencia de grupo. Sin lugar a dudas, nos ayudó que nos repitieran una y otra vez: “No compartan el trabajo de taller con las mismas personas de siempre…”. ¡Si supieran cómo cuesta dejar de charlar con el que nos resulta más simpático para sentarnos con aquel que no nos resulta conocido o nos parece antipático! Así fui descubriendo riqueza detrás de la persona con quien me costaba encontrarme y terminaba de compartir el espacio del taller alabando a Dios por ese tesoro que tenía en su interior y porque el Señor me había permitido verlo y valorarlo.

Después de varios encuentros, me sentí más cercana a esa persona y a todos los integrantes del taller. La experiencia en la Escuela me llevó a experimentar lo que es un grupo: es salir permanentemente de la “comodidad de lo conocido” para “entrar en lo desconocido”, compartir la vida, aceptar y valorar al otro. Así, uno siempre sale enriquecido. 

Lourdes A. R.
Septiembre de 2013

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