La alegría de la vida y la tristeza de la muerte

¿De dónde sale la vida?, ¿de dónde viene y a dónde va? 

Al hablar de la vida humana, la fe puede ayudarnos a responder una serie de preguntas porque la vida no es una afirmación teórica o un planteo ideológico profundo. La fe nos revela sus aspectos fundamentales: nos dice que todo lo que existe es obra de un Creador (Cf. Gen 1,1 y ss) y que sin él, nada existiría. Al Creador se lo llama Dios, que es un Ser eterno y omnipotente. 

Por eso nosotros, como antecedente de nuestra existencia, tenemos la nada. Por nosotros mismos, nada somos. “A la voz de tu aliento –dice una antífona– se estremeció la nada”, y así nos creaste a todos y a cada uno. Soplaste en la nada y me creaste como persona con una identidad propia distinta de las de los demás. Somos muchos pero cada uno es diferente de los demás y nuestros padres nos pusieron un nombre.

También nosotros experimentamos que tenemos límites. La muerte cierra mi vida; no puedo vivir para siempre aunque quiera. No puedo ser dios de mí mismo y hacer lo que quiera. Necesito de Dios para vivir. Por eso nos ayuda gratuitamente él, con lo que llamamos “la gracia”.

Con Dios puedo lo que sin su gracia no puedo. Él está por encima de todo límite y debilidad. Dios le dirá a san Pablo: “mi gracia te basta, porque mi poder triunfa en la debilidad” (2 Cor 12,9; Gal 1,15-16a). 

Parte de nuestra vida natural es el límite de la muerte (Cf. Lc 12,40). Muchos de nosotros tal vez tenemos la experiencia del dolor y la tristeza que ella ocasiona. Por esto, podemos preguntarnos: ¿qué tristezas he tenido en mi vida?, ¿cómo las he vivido y cómo las he superado?

¿Cómo se vive la vida que tengo?

Como decimos, de la nada nos engendra un Padre amoroso y amante: Dios. Él nos comunica su Vida que es eterna y nos da su gracia para poder vivir en ella. El hombre y la mujer son un proyecto de Dios que nos revela la Biblia. 

Al crear a la persona humana, Dios crea al hombre y a la mujer: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gen 1,27). 

Por ser libre, la persona puede buscar realizarse en el proyecto de Dios o también puede estropear o negar ese proyecto por el pecado, a instigación del Demonio que es el autor del pecado (Cf. Gen 3,1-5). 

El Tentador seduce para que el hombre viva en un relativismo o auto-referencia, como lo llama Francisco, como si fuera dios de sí mismo que vive como quiere, sin referencia al Dios Vivo del Evangelio. 

Una consecuencia de eso será que el hombre se negará a sí mismo y se destruirá en la convivencia por el desencuentro con los demás. Y esa es la condenación de su vida eterna y el juicio final de Dios sobre la vida de cada uno de nosotros: “Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su
vida mortal” (2Cor 5,10). 

Un Dios Creador 

Al crear, Dios tiene un plan: no es un improvisado. Podemos preguntarnos para qué nos creó Dios. Nos lo dice Juan en sus cartas. Leemos en la pequeña segunda carta: “El mandamiento que ustedes han aprendido desde el principio es que vivan en el amor” (2 Jn 6), porque para eso Dios nos creó como personas.

La riqueza de la primera carta de Juan es más amplia. Podemos entresacar solo algunos textos: “El que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” (1Jn 4,8). “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Dios nos dio la Vida eterna, y esa Vida está en su Hijo. 

Vivir en el amor de Dios nos lleva a la santidad y por lo tanto a encauzar nuestra vida en las virtudes propias del discípulo de Jesús, que leemos en la carta a los colosenses: “Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14). 

Para finalizar, podemos tomar las recomendaciones de san Pablo: “Cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos. No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor. Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y celebrando al Señor de todo corazón. Siempre y por cualquier motivo, den gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,15-17.19-20).

 Padre Ricardo, MPD

Fuente: De una charla ofrecida por el Padre Ricardo a los miembros del Movimiento de la Palabra de Dios durante la celebración de la “Jornada de María” en agosto de 2018.

Cristo Vive, Aleluia! Nº 226 (mar-abr 2021)

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