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¿Y ahora qué?

La voluntad de Dios para nuestra vida no es un mapa oculto que tenemos que descubrir, sino uno por trazar, afirma la autora de “Caminos de vocación y misión”*. Lucas experimentó esta realidad con la elección de su carrera universitaria.

Durante el último año de la secundaria me encontré en la posición de tener que elegir qué hacer cuando terminara, qué estudiar… no sabía a qué me quería dedicar. Me llamaba mucho la atención la psicología pero, en ese entonces, no tenía la la menor idea de en qué consistía exactamente. Por otro lado, me gustaban otras carreras y, como si eso fuera poco, tenía la agenda bastante llena como para ponerme a pensar qué haría al año siguiente.

No tenía claro cuáles eran mis aptitudes ni qué tenía para ofrecerle al mundo. Quizá lo único que tenía claro era que quería hacer la voluntad de Dios. Comencé a rezar por descubrir qué quería el Señor para mí y, en forma simultánea, decidí comenzar un proceso de orientación vocacional y otro de discernimiento pastoral.

Descubrí que lo que más me atraía era la carrera de Psicología, pero aquí solo se puede cursar en la universidad privada de San Juan y mi familia no estaba en condiciones de pagar una cuota. Sin embargo, nunca dejaron de alentarme y apoyarme, y no dejaron de repetirme que la plata no era un impedimento. También pensé en irme a otra provincia a estudiar en la universidad pública, que ofrece muchas posibilidades: becas de fotocopias, residencia universitaria, comedor universitario, etc.

Empecé a averiguar sobre universidades, programas, materias, requisitos de ingreso y becas. Una fundación ofrecía ayudas económicas para quienes estudiaran en una provincia que no fuera la de origen y, para aplicar a ella, junté toda la documentación necesaria. Solo me faltaba una cosa: un breve ensayo fundamentando mi vocación. Claro, tenía todo, pero… ¿cómo iba a fundamentar una vocación de la que todavía no estaba seguro? Sentí que había dado cinco pasos y retrocedido diez.

Decidí ponerme de cara a Dios y en mi oración personal le pregunté: “¿Qué soñaste para mí? ¿Qué hago con el material para aplicar a la beca? ¿Lo presento?”. No encontraba la respuesta de la carrera, pero sí sentí que Dios me invitaba a priorizar algo: la vida comunitaria y mi familia. Decidí, entonces, no presentar los papeles. Confiaba en que mi lugar estaba en San Juan, mi lugar de residencia.

La psicóloga que hacía la entrevista de admisión destacó muchos rasgos positivos míos, me dijo nombres de varias carreras en las cuales podía llegar a desenvolverme muy bien, pero si algo también me remarcó fue que ella veía en mí un fuerte deseo de poder brindarme a los demás, poner lo que tengo al servicio del otro. Terminó el encuentro y, si bien no tenía decidida la carrera, de algo estaba seguro: la decisión solo podía tomarla de la mano del Señor. A pesar de lo costosa que era, me inscribí en Psicología pero decidí anotarme en otra carrera en simultáneo, Artes Visuales, por si debía abandonar la primera por dificultades económicas.

San Ignacio de Loyola decía que discernir no es solo distinguir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor. Así fue como un día, al bajarme del colectivo –yendo a un curso de Arte– sentí profundamente un “no” en mi interior: que ese no era mi lugar, ni mi vocación. Dejé ese curso y me quedé solo con Psicología. La decisión iba tomando forma. Confiaba en que Dios cuidaba mis pasos, pude darme cuenta de que mi misión en esta vida es “donarme”, ser de rescate para otros, guiar y poner luz. En definitiva, ayudar a otros.

No pude más que expresarle al Señor: “Si me pensaste acá, confío en tu providencia”. Y en ese momento experimenté una fuerte sensación de seguridad: “Sea lo que sea, es aquí”. La preocupación por la cuota era ya mucho menor; mi familia me apoyaba y yo confiaba en que la providencia no me iba a abandonar.

Ese mismo año, me llamaron para ser catequista del Proceso Comunitario para la Confirmación (PCC). La posibilidad de brindar lo que tengo y vivo se amplió cada vez más y así fui descubriendo mi vocación profesional y mi vocación de catequista.

El Señor no me abandonó en ningún momento. Pero ahora tenía otro desafío: ¿cómo transitar la carrera de su mano? Me iba dando cuenta de que la cantidad de materias que debía rendir eran muchas; los parciales no dejaban respiros y ni hablar de los reiterados trabajos prácticos. Tomé conciencia de que, definitivamente, solo no podía. Empecé, entonces, a pasar mi estudio por la oración, y poco a poco fui haciendo a Dios el centro. Descubría que lo que significaba para mí una entrega muy chiquita, para Él valía todo, y así fue como Dios se volvió mi mejor compañero de estudio: empecé a ir a misa antes de ponerme a estudiar, a leer la Palabra para disponerme a hacerlo, a pedirle concentración, su compañía, y que lo que estudiara fuera para su gloria. Comencé a sentir que el Padre me invitaba a defenderlo a Él en medio del estudio, con todo lo que eso implicaba. No me soltaba la mano en ningún momento, pero no dejaba de invitarme a ser fiel. Decidí que no iba a faltar a las reuniones comunitarias, al servicio ni a la reunión de equipo a pesar de tener que rendir finales o de sentir que no me alcanzaba el tiempo para estudiar. Estaba completamente seguro de que el Señor multiplicaría cada una de mis entregas. Y, aunque varios de mis hermanos faltaran a la comunidad por estudiar, la invitación del Señor se hacía cada vez más fuerte en mi interior: “Sé fiel”. Así, aunque me costara la decisión del hermano, me sentía llamado a sostener estos espacios.

Llegó tercer año y la providencia no se hizo esperar: la facultad me notificó que tenía el mejor promedio del curso y, por eso, me descontaban el 70% de la cuota. ¡Otro signo de la mano de Dios! Alababa al Señor por tomar mi esfuerzo, el de mi familia y la entrega por la vida comunitaria.

Llegado cuarto año, Dios no se dejó ganar en generosidad y volví a tener el descuento en la facultad. Muchos me alentaban a cuidar el promedio: “Si hace falta dejar de ir a esos retiros a los que vas, tendrás que hacerlo”, me decían, pero en mi corazón sabía que “el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho” (Lc 16, 10) y estaba decido a no faltar a ninguna reunión ni retiro por más cosas que tuviera que estudiar. Así fue como seguí caminando lo que el Padre me proponía y ofreciéndole en la oración: “Señor, mi vocación es un regalo tuyo y, junto con el llamado, me das la gracia para responderte”. ¡Me bastaba su gracia!

Hoy en día estoy transitando el último año y hace un tiempo recibí un llamado de la universidad para comunicarme que estaba en el cuerpo de bandera. La alegría fue inmensa; mi familia lloraba de felicidad. En mi corazón volvía a tener la certeza de que el Señor me pensaba en esta profesión. Lo compartí en la comunidad y tomé conciencia de que este logro le pertenece solo a Él, y que no habría sido posible si no me hubiera animado a confiar, si hubiera dejado las reuniones comunitarias y si hubiera dejado de orar.

Lucas Yudica Prov. de San Juan

* Ver artículo de Luciana Sánchez “Caminos de vocación y misión” en Cristo Vive, ¡Aleluia! n°213.

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